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‘Tuve que irme’: Hong Kong se debate entre el legado británico y el futuro autoritario de China


HONG KONG — El día en que Hong Kong fue devuelto a China hace un cuarto de siglo, el fabricante de fideos de Queen’s Road trabajaba como lo había hecho durante días y décadas previas, transformando harina y agua en el sustento de una ciudad llena de refugiados del continente. Para satisfacer los diversos gustos, elaboraba tiernos fideos de Shanghái y pasta al huevo cantonesa, resbaladizos envoltorios de wonton del sur de China y gruesas masas de dumpling muy apreciadas en Pekín.

Cuando la bandera de cinco estrellas de la República Popular China sustituyó a la Union Jack el 1 de julio de 1997, llovió y llovió, y el agua subió rápidamente por Queen’s Road y sus afluentes. Algunos tomaron el diluvio como un presagio del control comunista, otros como un ritual de purificación para limpiar Hong Kong del imperialismo occidental.

La tormenta no tuvo mayor significado para To Wo, quien administraba la tienda de fideos con su familia. To seguía trabajando todos los días del año, introduciendo la masa en máquinas ruidosas y vaciando tantos sacos de harina que todo quedaba empolvado de blanco, incluso el santuario del dios de la cocina.

“Estaba ocupado”, dijo. “No tenía mucho tiempo para el miedo”.

En los 25 años transcurridos desde el traspaso, la única constante ha sido el cambio, tan definido como desafiado por los habitantes de Queen’s Road, la avenida con más historia de Hong Kong. A su alrededor, la ciudad se ha transformado: por la vertiginosa expansión económica de China continental, que amenaza con hacer innecesario esta ciudad portuaria internacional, pero también por el aplastamiento de las libertades por parte de los actuales gobernantes de Hong Kong, que han llenado las cárceles de jóvenes que ahora son presos políticos.

A los 20 años, To escapó de las privaciones del sur de China para instalarse en Queen’s Road, la primera vía construida por los británicos tras tomar Hong Kong como botín de la Guerra del Opio.

Bautizada en honor a la reina Victoria, la carretera trazaba la línea costera de una avariciosa potencia colonial. A medida que las instituciones del imperio —bancos, casas comerciales, escuelas, lugares de culto— brotaban a lo largo de ella, Queen’s Road fue evolucionando, y cada afluencia de nuevos habitantes modificaba su carácter. A pesar de la permanencia de los hitos de la calle, sus habitantes estaban menos arraigados, con escaso control sobre el futuro de la ciudad.

En 1997, el gobierno chino prometió a Hong Kong una importante autonomía durante 50 años para preservar las libertades que la convirtieron en una capital financiera mundial, por no hablar de una de las metrópolis más emocionantes del planeta.

Mientras To ha vivido ahí, Queen’s Road y sus estrechos callejones han sido una encrucijada mundial. Había casas financieras construidas sobre las fortunas del comercio del opio, tiendas de oro que prometían sólidas inversiones a los sobrevivientes de la agitación política, marcas de lujo europeas y comerciantes de aletas de tiburón y hierbas utilizadas en la medicina tradicional china.

En los primeros años tras el traspaso, los legisladores se deleitaron con un poder del que habían carecido durante la mayor parte del gobierno británico, en un edificio diseñado por los arquitectos responsables de una parte del Palacio de Buckingham. En el Tribunal Superior, en un tramo de Queen’s Road llamado Queensway, los jueces usaban pelucas siguiendo la moda británica. La clase empresarial, procedente de la élite de Shanghái, Londres y Bombay, entre otras ciudades, se sentía segura en el imperio de la ley.

Durante más de una década, Pekín respetó en gran medida este acuerdo político que rige Hong Kong, llamado “un país, dos sistemas”. La fecha límite de 2047, cuando Pekín tomaría el control político total, parecía convenientemente lejana, aunque los hongkoneses tienen la costumbre de ser prevenidos.

Los últimos tres años han comprimido el tiempo. En 2019, millones de manifestantes marcharon por Queen’s Road y otras avenidas, tal y como habían hecho en el pasado para frustrar las impopulares restricciones del gobierno. Esta vez, los enfrentamientos entre la policía y los manifestantes cortaron cualquier filamento de confianza. Durante meses, el gas lacrimógeno, el gas pimienta y las balas de goma envolvieron los centros comerciales. Una ley de seguridad nacional de dos años de antigüedad ha criminalizado la disidencia, y se ha detenido a personas por aplaudir en apoyo de un activista encarcelado.

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Ahora, a mitad de camino hacia 2047, Hong Kong ha entrado en un purgatorio incierto. Su desaparición ya se ha proclamado antes. En todas esas ocasiones —después de las plagas y los disturbios apoyados por los comunistas, la represión británica y el nerviosismo previo a la entrega— el territorio se ha regenerado.

Una metrópolis que rivaliza con Nueva York, Tokio o Londres no desaparecerá de la noche a la mañana. Pero la promesa de Pekín de mantener la ciudad en una campana de cristal política durante 50 años se ha hecho añicos. Los pobres de Hong Kong son cada vez más pobres, y el número de personas que se apresuran a marcharse ha aumentado.

Los cambios sísmicos en Hong Kong están obligando a los residentes a reflexionar sobre lo que significa ser de este lugar en constante evolución. A lo largo de Queen’s Road —la avenida más antigua de una ciudad programada para reinventarse— esta cuestión de identidad resuena de forma muy diferente para un político, un manifestante y un fabricante de fideos.

“Todo ha cambiado en Hong Kong”, dijo To. “Todos tenemos destinos diferentes”.

El 30 de junio de 1997, mientras sonaba por última vez “God Save the Queen”, Eunice Yung, entonces estudiante de secundaria, estaba enfurruñada en su casa, en un apartamento de Queen’s Road. Sus decepcionantes resultados en los exámenes, que le impedían obtener un cupo universitario en Hong Kong, ocupaban su mente.

“Cuando pienso en el traspaso, me quedo en blanco”, dijo Yung. “Es una pena”.

Al igual que muchos niños nacidos de inmigrantes recientes, Yung comenzó a trabajar cuando tenía 4 o 5 años, sentada con su bisabuela en una mesa, haciendo estallar discos de metal en la parte posterior de imanes de juguete. Cuando caminaba a su escuela católica, pasaba por los mercados de Queen’s Road, donde se vendían mariscos secos, y por un templo al que los pescadores acudían a rendir culto en barco, antes de que las obras de recuperación empujaran la avenida tierra adentro.

Yung terminó por encontrar cupo universitario en Vancouver para estudiar computación. Sin saberlo, se unió a la corriente de hongkoneses que emigraban por miedo a los nuevos gobernantes del territorio.

Después de cada paroxismo en China —la caída de la dinastía Qing, la toma del poder por los comunistas, la Revolución Cultural, la masacre de Tiananmen— la población de Hong Kong se llenó de refugiados. Los años que precedieron al traspaso de poderes, cuando cientos de miles de personas huyeron a Occidente en busca de seguridad, fueron el único momento, hasta ahora, en que la población disminuyó.

Yung no estaba en Canadá porque tuviera miedo por Hong Kong. Regresó a su país, se licenció en Derecho y compareció en los tribunales de Queensway. En 2016, ganó un escaño en el Consejo Legislativo como miembro de una fuerza política pro-Pekín.

Yung, de 45 años, ha criticado las obras de arte en los museos financiados por el gobierno que desprecian al Partido Comunista Chino. Dijo que la ridiculización pública de los líderes chinos es el resultado de que “la gente perdió la cabeza”.

“Algunos de los medios de comunicación extranjeros dicen que ‘China es siempre una cosa monstruosa, y que estás bajo su control y no tienes libertad’”, dijo Yung. “Pero en Hong Kong tenemos que enfrentar la realidad de que somos parte de China”.

Sin pruebas, los políticos a favor de Pekín han acusado a quienes se unieron a las protestas de estar en connivencia con la Agencia Central de Inteligencia. La temible ley de seguridad ha llevado a los sindicatos y a los periódicos a cerrar por miedo a penas de prisión perpetua. Casi 50 políticos y activistas por la democracia han sido encarcelados en virtud de las nuevas normas. Comparecerán ante el Tribunal Superior de Queensway a finales de este año.

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En la actualidad, no hay protestas masivas en Queen’s Road ni en ningún otro lugar de Hong Kong.

“Creo que Hong Kong sigue siendo una ciudad muy libre”, dijo Yung. “Este tipo de manifestaciones, si las permitimos hasta cierto punto, dañarán nuestros sentimientos hacia nuestro país”.

Hong Kong se ha dividido entre los que apoyaron a los manifestantes y los que se preocuparon por la destrucción de la reputación favorable a los negocios de Hong Kong. En 2019, HSBC, el banco más venerable de Hong Kong y uno de los primeros parangones de la globalización, fue acusado de cerrar una cuenta vinculada al financiamiento participativo pro democracia. Los manifestantes salpicaron con pintura roja los leones gigantes que custodian la sede del banco en Queen’s Road.

“Cuando la gente le enseña a sus hijos a faltarle el respeto a su país, a decirles que vamos a derrocar a nuestro gobierno, eso hace daño”, dijo Yung. “En vez de expresarnos sin límites, debemos defender la dignidad de nuestro país”.

El 1 de julio de 2019, el aniversario del traspaso, cientos de miles de residentes de Hong Kong se reunieron para una marcha a favor de la democracia a lo largo de Queen’s Road. Había familias de clase media con termos de agua, pensionistas en camiseta y estudiantes con paraguas amarillos que simbolizaban el movimiento de protesta.

Separándose de la multitud, Brian Leung se desvió por una calle lateral que llevaba al nuevo edificio del Consejo Legislativo, uniéndose a otros manifestantes que ocultaban su identidad con máscaras. Asediaron el edificio, rompieron cristales, retorcieron las puertas metálicas y garabatearon grafitis contra el partido comunista.

Mientras la policía se acercaba, Leung se subió a una mesa, se quitó la máscara y pronunció un manifiesto democrático. Fue el único manifestante que dio la cara.

Hijo de migrantes chinos que nunca terminó la secundaria, Leung, que ahora tiene 28 años, es un ejemplo de la promesa de Hong Kong. Creció en una vivienda pública y fue el primer miembro de su familia en asistir a la Universidad de Hong Kong.

Era una época en la que muchos jóvenes de Hong Kong se sentían orgullosos de su doble identidad: chinos, sí, pero de un tipo especial que apreciaba el derecho consuetudinario británico y los pasteles de nata de origen portugués.

Cuando Pekín celebró los Juegos Olímpicos de verano en 2008, Leung animó a los equipos de Hong Kong y de China.

“Creo que todos queríamos darle una oportunidad a China, y pensamos que con la vuelta a la madre patria, en Hong Kong podríamos formar parte de aquella gran nación”, dijo.

La sociedad civil de Hong Kong, impulsada por la juventud, marcó la diferencia. Un grupo de adolescentes ayudó a convencer al gobierno de que archivara un plan de estudios pro-Pekín.

Las marchas del verano de 2019, al igual que un plantón estudiantil cinco años antes, tuvieron un desenlace más doloroso. La policía respondió a los manifestantes sin líderes con una fuerza cada vez mayor, deteniendo a miles de adolescentes. Para cuando la pandemia de coronavirus restringió las concentraciones en 2020, una quietud había caído sobre Hong Kong.

En la actualidad, solamente el dos por ciento de los jóvenes de Hong Kong se consideran “chinos”, según una encuesta local. Más de tres cuartas partes se identifican como “hongkoneses”. Hay orgullo en el cantonés, el patois de Hong Kong, en lugar del mandarín del continente.

“Cuando quedó claro que China ya no estaba interesada en las reformas liberales, empezamos a cuestionar nuestra identidad como chinos”, dijo Leung, que editó una colección de ensayos llamada Hong Kong Nationalism. “Empezamos a pensar: ‘somos hongkoneses’”.

Para los millones de personas que huyeron de la agitación en China, Hong Kong sirvió durante más de un siglo como refugio, pero también como estación de paso hacia un lugar mejor. Con el tiempo, la transitoriedad de Hong Kong se asentó. El territorio se convirtió en el hogar de millones de chinos, muchos de los cuales adoptaron nombres occidentales para facilitar la burocracia británica: Kelvin y Fiona, Gladys y Alvin, Brian y Eunice.

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​​Ahora, Hong Kong se está deshaciendo de sus residentes. En un mes de este año, salieron del aeropuerto tantas personas como las que emigraron a Hong Kong en todo 2019. Las continuas restricciones por el coronavirus hacen que casi nadie venga. Muchos de los activistas que no están en prisión están en el exilio. Taxistas, contadores y profesores se han marchado a nuevas vidas en el extranjero.

Horas después de que la policía desalojara el Consejo Legislativo con gases lacrimógenos en julio de 2019, Leung abandonó Hong Kong, con el corazón acelerado mientras el avión se elevaba en el aire.

“No pude contener las lágrimas”, dijo Leung, que ahora vive en Estados Unidos. “Quiero mucho a Hong Kong. Por eso luché por ella y por eso tuve que irme”.

No ha vuelto desde entonces.

To, el fabricante de fideos, arriesgó su vida para escapar de China en 1978. Se entrenó durante más de un año, perfeccionando su natación y aumentando su volumen para la caminata a través de las colinas. Su primera tentativa fracasó. En la segunda, las lluvias llenaron de hongos los pasteles de luna empaquetados para el viaje. Finalmente, tras siete noches en los bosques, vio a Hong Kong al otro lado del agua.

“Nadamos hacia la luz”, dijo.

Queen’s Road deslumbró a To con sus coloridos carteles que anunciaban todo tipo de delicias: abulón y té blanco agujas de plata, whisky escocés y pasteles de crema.

La China que había dejado era desesperadamente pobre. Sólo en dos ocasiones durante su infancia se sintió completamente lleno. Cuando la hermana de su esposa visitaba a su familia en China, hacía equilibrios con cañas de bambú cargadas de jarras de aceite de cocina sobre los hombros y se ponía varias capas de ropa para repartir entre sus parientes.

Hoy en día, en algunas zonas de Guangdong, la provincia del sur de China vecina de Hong Kong, el auge económico más rápido y sostenido del mundo ha elevado el nivel de vida por encima del de algunos habitantes de la antigua colonia británica. A lo largo de Queen’s Road, los alquileres abusivos y la ralentización de los negocios han hecho que las familias de artesanos tengan que abandonar sus antiguas tiendas.

To ya superó la edad de jubilación en China. Su hijo, To Tak-tai, de 35 años, se hará cargo algún día de la tienda de fideos, rezando al mismo dios de la cocina cubierto de harina.

A diferencia de sus padres, él nació en Hong Kong. No piensa en irse.

“Hong Kong es el hogar”, dice.

Por ahora, To trabaja día tras día, alimentando las máquinas de hacer fideos. Hong Kong tiene una red de seguridad social irregular. No recuerda la última vez que disfrutó de unas buenas vacaciones.

To vive con su familia en un estrecho apartamento, pero ha construido una mansión de seis pisos en su pueblo natal de Guangdong. Sus hermanos, que nunca salieron de China, viven cómodamente de las pensiones estatales. Él también sueña con jubilarse allí.

“En Hong Kong, si no trabajo, no tengo nada”, dijo To, con el torso desnudo y las pestañas escarchadas de harina. “Pero venir a Hong Kong, ese era mi destino”.

Tiffany May colaboró con la reportería.

Hannah Beech es la corresponsal principal para Asia, con sede en Bangkok. Anteriormente era la jefa del buró para el sureste asiático. Antes de ocupar ese puesto, reportó para la revista Time desde Pekín, Shanghái, Hong Kong y Bangkok. @hkbeech

Sergey Ponomarev es un fotógrafo independiente que colabora con The New York Times. Puedes seguir su trabajo en la cuenta sergeyponomarev en Instagram. @SergeyPonomarevFacebook






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